Morir o mutar

Hasta ese momento en el que pasa.

Soy invencible, autosuficiente, responsable de todo lo que me incumbe, de todo lo que me roza, de lo que dejo ir. Y venir.

Me lo dicen las tazas. Puedo esquivar las desgracias y dar consejos sobre absolutamente todo con tan solo decir: “yo, humildemente, creo que”; y ser abanderada del optimismo, la esperanza y el “todo saldrá bien”, “el universo confabula a tu favor”.

Soy irrompible, imprescindible, imperecedera hasta ese momento en el que te pasa.

A mí me pasó. Y ya nada se movía al otro lado de las ventanas, lejos de las paredes del hospital. La gente en el tren, los que salían en los programas de televisión, las personas que andaban por la calle, las enfermeras, los que desayunaban, los que hablan, los que callan. Nadie. ¿Es que no me oyen gritar? No reconozco ni a los que quiero, ni escucho el teléfono, ¿acaso ellos son como yo?¿acaso yo seguía siendo yo?

Niebla. Vista nublada (quizás por no ponerme las gafas). Un bosque de secuoyas y en medio el silencio yo. Que me dejen aquí sola, en esta noche eterna… dormir. Que me despierten cuando todo esté bien.

Estás ahí, viendo cómo le cuesta respirar, o sin poder verle, si le quieres, si sabes que se puede ir… No puedes salvarle, no eres culpable. Puedo entenderte, que quieras correr, bajarte, puedo sentir cómo te quiebras, cómo te cuesta tragar, caminar, mantenerte en pie, sé cómo duele, literalmente, el corazón. En un segundo. Eso pasa, te pasa, me pasa, es la vida y no, no está mal que duela, ni que deje de doler. Esto no es el fin. No has acabado. Lo sé: la furia, las ganas de aporrear, de pedir explicaciones, las ganas de desaparecer, de abandonar y abandonarte. Lo sé,

lo sé,

lo sé.

Todos salimos diferentes de una embestida, despeinados, con desmayo, serenos, por la puerta de atrás; pero hay más, dentro del caos, y afuera. Cuando amaine y el sol cambie el tono gris de tu piel, será entonces. Levántate, come algo, lávate la cara, sigue, también esto pasará.