Estar sola

“Una mesa para una persona, por favor. No tomo café, me produce taquicardia y ya tengo bastante tocado el corazón. Que sea un té para una persona, por favor”. Así empieza la historia de cualquier tarde de mis últimos sábados; los primeros de lo que está por venir. Yo sola  con mis pájaros, con los cuentos que no escribo, con los proyectos que he imaginado. Es una locura todo, sobre todo esta ciudad. Madrid es el caos hecho espacio. Todos los días de la semana y del año la gente compra, bebe mucho, come por los ojos y se desgasta (comprando). Madrid tiene cosas buenas y malas todos los días del calendario. Hay demasiadas personas y nunca son suficientes para llenar este espacio: el que hay entre mi taza de té y la silla sobrante de esta mesa redonda. Nadie me vale cuando yo no me aguanto ni aquí ni en otra ciudad. No culpo a Madrid, todo lo contrario, le agradezco haberme traído hasta este punto y obligarme a aprender esta lección, probablemente la más difícil de asimilar, de la que aún no me he examinado: estar sola.
Soledad de día, de noche, por la calle y en la cama. Y esto es así a pesar de conocer cada día a más gente y de hablar por los codos con presumidas, gentiles, alegres, depresivas y maravillosas personas. El sol sale y se pone (ahora que ha llegado el otoño las nubes no dejan que se vea pero sale y se pone) cada día, y es esa cadencia la que recuerda que el mundo gira pase lo que (me) pase, sola o acompañada, en esta ciudad o en el pueblo más remoto. Estoy aprendiendo a dejarte ir, me estoy soltando de tus recuerdos y de algunas ideas descabelladas sobre el futuro. Voy despacio, no me lo tengáis en cuenta, hay asignaturas que siempre se me han atascado y presiento que voy a arrastrarla un tiempo largo.
Ya era hora de sentarme a hablar con la del otro lado del espejo, que es a veces insoportable y otras, encantadora, con su desastre, su histeria y sus fobias. A veces no entiendo qué hace, ni qué quiere ni por qué coño habla cuando debería callar y al revés. Es casi tan loca como esta ciudad y aún así piensa con la cabeza (casi siempre). Voy a tomar más tés con ella para decirle que a veces tiene ideas geniales y que le pierde la impaciencia. Parece no encajar en este mundo pero juntas formamos un buen tándem. La quiero, tengo que quererla porque a veces no se deja. Esa es otra cosa: sus miedos; acumula tantos que como no pare se va a volver de hielo.
Voy a seguir estudiando porque ya no vale tirar más pelotas afuera. Ni Madrid, ni los otros, ni el amor, ni el universo. Nadie es culpable y yo soy la causante de todo, yo y mis decisiones, las que he tomado y con las que me he topado. Creo que voy a
parar para dejar que vengan las hostias y las lágrimas y las consecuencias. ¿Es así como funciona esto, no? acierto, error, causa, efecto. Empezaré a asumir que no estoy tan bien y que no sé cuál es el siguiente paso pero que me estoy tomando la lección en serio. Quizá el siguiente movimiento me pone en jaque o quizá me trae cosas geniales. Como Madrid que es cura y herida. Voy a beberme el té antes de que se enfríe y a sentarme en esta silla yo con mis pájaros, mis proyectos y mis historias. Os juro que no es nada fácil aprender a estar sola.

2 comentarios sobre “Estar sola

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